Ángel pelirrojo

Se abrieron las puertas y aquí llegaba Claudia, alborotando la oficina con su melena pelirroja y unos ojos verdes que paralizaban a cualquiera. Saludaba a todo aquel que tenía en su camino. Era pizpireta y muy extrovertida. Había  alguna mirada de celos y envidia por algunas de nuestras compañeras pero, todas y cada una de ellas, le hacían la pelota con tal de que la jefa de sección no las cargara de trabajo. Aunque dudo que ella lo hiciese. Era como un ángel pelirrojo y procuraba mantener a todos los empleados contentos, incluidas ellas.

Faltaba una hora para que se acercara a mi mesa y revisar los informes que ella misma me encargaba sobre producción y personal. Siempre que sentaba sus largas piernas sobre la mesa de mi escritorio y hablábamos sobre los informes, me ponía nervioso. El verde intenso de sus ojos me hacía desviar la mirada hacia abajo y allí estaban sus piernas. Encantado y excitado ansiaba su visita.  

Debo reconocer que me entusiasmaba tenerla cerca. La atracción que sentía cuando Claudia estaba cerca de mi acabaría con arruinar mi trabajo. Acabando en la calle por romper la política de la empresa al mantener una relación con un trabajador o peor, ella podría denunciarme por acoso. Así que, decidí quedarme donde estaba y admirarla e imaginar el olor de su piel y el tacto de la misma.

Después de colocar mí mesa y ordenar todos aquellos papeles tratando que mi libido disminuyera. Debía de organizarme mejor. ¿Cómo se iba a fijar en mí, si ni siquiera podía mantener mi espacio de trabajo limpio y ordenado? Me llevé las manos a la cara, froté mis ojos con los dedos de ambas manos, con la esperanza de quitarme todos los pensamientos negativos que aparecían, y más o menos, lo conseguí. Era hora de volver al trabajo antes que Claudia abriese la puerta cual torbellino y agitara todo. Me centré en tener todo preparado, saqué una toallita de esas que usan las mamás con los bebés y acabé de dejarlo todo reluciente.

Tenía un informe negativo sobre el equipo de limpieza de nuestra oficina en que debía prestar toda mi atención. Las dos empleadas debían de tener algún serio problema. Lo normal no era que yo, por ejemplo, me encontrara la oficina en esas condiciones. En la última reunión de personal, se habían tratado varios temas con todos los departamentos y por más que intentaba recordar no podía ver ningún comentario negativo sobre esas empleadas. Presté atención sobre el asunto. Varios compañeros habían depositado sobre el buzón de quejas algún detallito negativo sobre ellas en los últimos dos meses. Suena el teléfono.

  • Pedro, RRHH. Buenos días. ¿En qué puedo atenderle? Contesté mientras colocaba mi auricular bluetooth en la oreja.
  • Soy Anna. Necesitamos que nos envíes por correo electrónico el informe de producción del último trimestre. Nos lo piden desde la oficina de Barcelona.

Por favor, necesitamos que esté cuanto antes. ¿Cuándo crees que podrías enviármelo para darle un repaso antes de la presentación de la reunión de socios? Me dijo Anna nerviosa.

  • Sí, claro. Necesitare un par de horas. Tengo una reunión con Claudia en menos de media hora para repasar con ella algunos detalles y después prepararé el informe. Lo tendrás en tu correo un poco más tarde. Le contesté amablemente.
  • Perfecto, entonces. Llámame cuando lo envíes. Estaré atenta. Finalizó la llamada sin despedirse.

Apunté el trabajo que me había pedido Anna para no olvidarlo.  Me entraron unas ganas enormes de ir al baño. Me levanté de mi silla y, como un alma en pena, cruce la oficina, esquivé a varios compañeros en el pasillo y entre en el baño. Cerré la puerta y, mientras me relajaba, escuché una conversación en voz baja en el baño de al lado. Alguien decía que quedaban en el cuarto de mantenimiento sobre las 12 de la mañana. Por más que quise saber quién era no pude descubrirlo. La voz parecía de una fémina pero eso no era posible, era el baño masculino. Justo cuando estaba a punto de abrir la puerta escuché como salían rápidamente del baño y me quedaba solo.

Salí del baño después de lavarme las manos. En la máquina de café, que había justo enfrente de la puerta, estaban Alexandra y Javier soplando el café recién hecho y hablando sobre las cervezas que se habían tomado la noche anterior. Saqué un euro de mi bolsillo y decidí tomarme un dulce capuchino. El azúcar y el chocolate me encantaban. Una lástima que no tenía un poco de canela para echar sobre la densa espuma que hacia la cafetera. Caminé de vuelta a mi habitáculo, procurando calentarme las manos con el vaso lleno de capuchino.

Pasé por la mesa de María, siempre tan ocupada hablando por teléfonos con todas las partes del mundo y enviando llamadas a los otros departamentos con la centralita. María, una madurita muy amable con todo el mundo. Probablemente la persona que más experiencia tenia de toda la empresa. Me guiña un ojo… y, ¡zas! tropiezo y mancho con unas gotas mi pantalón y la corbata.

  • ¡Mierda! Grité dándome cuenta al instante que gran parte de la oficina miraba y sonreía.
  • Tranquilo tengo unas toallitas especiales para manchas en los trajes. Toma una. Se acercó Ángel con un paquetito en la mano y una cara burlona.
  • Gracias, ahora te lo devuelvo. Sonreí y cogí el paquete que me ofrecía.
  • No tengas prisa, para eso estamos los compañeros de trabajo. Dijo dándome la espalda y caminando ligeramente hacia su puesto de trabajo.

En una mano, medio café, y en la otra, un paquete de toallitas para las manchas. Irritado y molesto por las manchas, caminé airado los tres metros que me separaban de mi mesa, cerré con fuerza la puerta y baje las persianillas para tener un poco de intimidad. Tenía la sensación que alguien me observaba desde algún punto y me irritaba aún más.

Me sentía mucho más cómodo ahora, fuera de miradas curiosas y risitas burlonas. En general el ambiente de trabajo era bueno, pero como he dicho antes, siempre hay algún resquemor entre unos y otros. Resquemor el que tenía sobre mi pantalón. El café caliente me había quemado en la pierna. Me escocía un poco. Saqué una de las toallitas mágicas de Ángel y frote. Funcionaba bien, debía admitirlo. Apunté el nombre  con el fin de comprarlas y tener alguna a mano para otras ocasiones.

Claudia entro en mi oficina y me pilló con los pantalones a medias de subir. Me puse rojo como un tomate, le di la espalda y me coloqué como pude.

  • Lo siento. Dijo ella, totalmente avergonzada.
  • La culpa es mía. Discúlpame, tenía una mancha y…
  • Tranquilo no hace falta que me lo expliques al detalle. Me dijo sin dejarme continuar.

Acabé de meterme la camisa en los pantalones y tomé asiento lo más tranquilo que pude. Me cuadré en mi silla y abrí el cajón para coger los papeles que íbamos a revisar, mientras ella se removía inquieta en la silla.

  • Sólo espero no haber interrumpido nada pero es hora de volver al trabajo. Dijo sacando su iPad para contrastar datos.
  • De verdad, no era nada. Sólo unas manchas de café.

Mi ordenador estaba apagado, por suerte. Yo creo que ella pensó que me estaba masturbando con alguna página porno.  Lo sé. Lo veo en su cara. Era la primera vez que la veía mirar hacia otro lado. Normalmente mantenía la mirada a la perfección. Es más, juraría que la que intimidaba a los demás con sus ojos era ella.

Pasamos casi dos horas hablando de números y estadísticas. En esas dos horas ella se sentó en mi mesa, dejándome ver sus piernas largas reposando la rodilla con el canto de la mesa con todo el descaro. Si quisiese ser más formal, ni si quiera se habría levantado de la silla de mi despacho. La hora de comer se acerca. El reloj marcaba las dos y media del medio día y  no habíamos acabado de contrastar los informes. Así que, sin pensarlo dos veces, la invité a comer juntos.

  • ¿Te apetece si pedimos algo para comer y acabamos con todo esto? Las palabras salieron de mi boca a borbotones.

Ella lo pensó y antes de contestar ya había aceptado por medio de un gesto afirmativo de su cabeza.

  • Si, será lo mejor. ¿Hacemos un descanso mientras llega la comida? Así puedo aprovechar y hacer un par de llamadas antes.
  • Estupendo. ¿Tienes alguna preferencia con la comida?
  • No, cualquier cosa esta bien. Gracias.

Salió de la oficina volando hacia su despacho. El repiqueteo de sus tacones se percibía cada vez menos hasta que se escuchó cerrar la puerta. Gran parte de mis compañeros ya habían salido a comer. Así que, decidí pedir a un japonés.

Una vez hecho el pedido, miré al móvil.

  • Laura: ¿Tendrás un rato sobre las ocho? 😉
  • Jaime: ¡Jo tío! Ayer quede con Inma. ¿Una caña y te lo cuento?
  • Familia: Recordatorio. Próximo fin de semana, cumpleaños de la abuela.
  • Laura: Quiero verte… ¡Grrr!
  • Inma: Vaya pésima la cita que me has preparado con Jaime. Luego te llamo.

No contesté a ninguno de los mensajes. Laura era una chica con la que sólo tengo encuentros sexuales pero ella parece insaciable. Inma y Jaime con unos amigos solteros que buscaban pareja y yo sólo hice las presentaciones. No quería ser partícipe de sus problemas. Bastante tenía yo con los míos. Además, había olvidado la comida familiar por el cumpleaños de la abuela. Falleció hace cinco años pero nosotros, en su nombre, nos reuníamos una vez al año como había sido siempre y hacíamos una comida familiar. Tíos, primos, primos segundos, todo juntos. Como decía mi abuela, precia ser la única manera que nos reuníamos. Sólo por su cumpleaños.

Recordando a la abuela Rosa, me acordé de que ella. Tan noble y sin maldad alguna no hubiese sobrevivido a estos tiempos donde el engaño y el mal ajeno siempre hacen más felices a los que te rodean.

Claudia volvió a entrar por mi oficina, y se sentó en mi mesa.

  • ¿Has pedido ya algo para comer?
  • Si, tardaran unos 30 minutos. Contesté.
  • Y, ¿qué podemos hacer en este rato? Parecía una insinuación. ¿Mi jefa tenía ganas de sexo conmigo? Sabes… hace tiempo que me atraes.

Volvió a decirme esta vez con un dedo sobre los botones de su camisa. Asumo que ella me dejo en shock. He soñado muchas veces con hacerla mía, pero nunca imaginé que esto pudiese suceder y menos dentro de la oficina.

Se levantó, cerro las persianas y la puerta con una pequeña llave que solo ella tenía. Se volvió hacia mí y…

  • ¿Me prestas el teléfono, por favor? Como petición.
  • Es tuyo. Dije sin llevarle la contraria.
  • ¿Recepción? Cuando llegue el repartidor de… tapo el micrófono ¿Dónde has llamado? Preguntó.
  • Al japonés “Blue Ribbon Sushi”.
  • Cuando llegue el repartidor del restaurante japonés, por favor, recoja la comida y guárdela. Nosotros bajaremos a por ella cuando acabemos la reunión. ¿Entendido?

Estaba anonadado. Claudia que, parecía no romper un plato, rompía toda la vajilla y más de lo que me imaginaba. Pero ahora solo imaginaba hacerla mía.

Tan pronto colgó el teléfono, se abalanzó sobre mí. Me beso dulce y apasionadamente los labios mientras, con sus hábiles manos, desabrochaba el pantalón y mi camisa. Estaba nervioso porque nunca había tenido una relación dentro de la oficina. Nunca me había liado con ningún superior y eso lo hacía excitante.

La pasión y el desenfreno del momento se apodero de mí. Sus labios carnosos me besaban apasionadamente. Me mordían el labio inferior, dejando un sabor intenso a cereza. Sus manos hábiles desabrocharon rápidamente cada botón de mi camisa. Mi miembro estaba casi erecto. Decidí tomar el control de la situación, agarré fuerte su culo, acercándolo a mí. Se subió encima de mí y me apoyé contra la mesa, mientras sus carnosos labios parecían comer mi boca.

Es increíble sentirse entre las piernas de esta mujer, mientras su suave lengua te invade en un placentero e interminable beso una y otra vez. Esa desbordante sensación de ser cabalgado con ansias. De que anhelen domar mi  deseo salvaje que ya crece, ardiente y firme, elevándose palpitante y sincronizado al ritmo de esa apasionada cabalgada que ya no se detendrá. Sus pechos, erectos, rozaban mi cara. Yo intentaba besar y chuparlos. Sujetando todo su cuerpo ingrávido, en el aire primero y luego agarrándolo con fuerza hacia mí, hundiéndolo con ansia hasta dentro después. Y así, intensa e incansablemente, repitiendo sin freno este ritual, desbocados, mientras sus carnosos muslos intentan aprisionar. El éxtasis que ya nos irrumpe, atrapando y domando todo aquel deseo que, salvaje fue el arrancar, y ahora, deliciosamente tan dócil y delicado, cómo es ella, finalmente se deja ir…

 

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3 comentarios en “Ángel pelirrojo

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