Despedida de casada

Me llamo Lucía y tengo 27 años. Trabajo como dependienta en una gran cadena de tiendas de ropa en Madrid. Ya habían pasado varios meses desde que decidí dejar la relación que tenía, pero es un poco pronto para salir y encontrar otra persona para compartir mi vida.

Ésta noche era especial y hacía mucho tiempo que no estaba con todas mis amigas, siempre faltaba alguna por trabajo o porque no tenía con quien dejar a los niños.

Habíamos comprado bebidas y algo de picotear. Según ellas me tienen preparada una sorpresa.

La hora apremiaba. Llegaron dos de mis chicas y no había acabado de arreglarme. Pasamos a mi habitación. Para cuando quise acabar, ya habían llamado varias veces al timbre y estábamos al completo. Algunas ya comenzaban a ponerse alguna copa de vino, otras abrían el ron y la Coca cola.

Como tenían una sorpresa, me llevaron al baño y como excusa me pidieron que les dejara las planchas del pelo para hacer tiempo y mantenerme escondida del resto de invitadas. Mi amiga Geli, salió de nuevo del baño cerrando la puerta de un portazo y a los cinco minutos volvió a entrar.

  • Toma, ponte esto. Dijo con una sonrisa traviesa.
  • ¿Qué es? Pregunte curiosa.
  • Póntelo y calla. Volvió a decir con autosuficiencia. Tendiéndome la mano con un trapo, saliéndose de entre sus dedos.

Parecía un tanga negro. Pero cuando lo tuve entre mis manos, me di cuenta que la textura no era la misma que la del tanga que yo imaginaba. Era acolchado y cuando lo estiré con mis manos, pude ver que se trataba de un antifaz negro. Miré a Marga y a Geli con aquello  deslizándose entre mis dedos y ambas riendo hicieron señales para que me lo colocara.

Sonreí.

  • Sois unas capullas. ¿Para qué me voy a poner esto?
  • Siempre preguntando. Hoy mandamos nosotras, haz el favor de ser obediente.

Las tres reímos a carcajadas mientras me ayudaban a colocarme el dichoso antifaz.  La verdad es que era muy cómodo, no apretaba y la zona de la nariz era acolchada.

  • Ahora sólo me falta un hombre para que me haga lo que necesito.
  • Sí, sí. Ahora te lo van a hacer. Dijo Marga asustándome un poco.
  • ¿Qué habéis tramado vosotras? Pregunté.
  • Te hemos traído un “boy” para calentarte la noche. Es para todas, pero te lo dejaremos un ratito si él quiere.

Mi garganta cambió e intenté tragar saliva. Los nervios acababan de agarrarse a mi estómago, sin intenciones de irse. Y estas malvadas se reían de mí a carcajadas.

  • Seréis capullas… Dadme un trago de lo que sea que estéis bebiendo. Pedí.
  • Claro, toma es cerveza con limón. Geli me puso su vaso en la mano al que di un buen trago para que me refrescara la garganta.

 

Escuché como se abría la puerta del baño y me cogieron de las manos para que no tropezara con nada por el camino. Íbamos al salón donde estaban el resto de las chicas, ya un poco tocadas por alcohol.

Caminamos  al salón de mi casa y las chicas reían, hablaban y estaban contentas por la reunión. Alguien tomó mi mano, yo no opuse resistencia. Aunque el aroma que desprendía no me era familiar. Aun así, como no esperaba más que alguna chorrada de estas mujeres enfermizas, que tengo como amigas, dejé que mi mano siguiera a la otra que me agarraba.

Estiré el brazo y mi sorpresa fue a la altura de mi cintura, por encontrar algo alargado y templado. Retiré de inmediato la mano y todas rieron a carcajadas.

  • ¿No querías un “boy”?
  • Vamos, tócale la verga al chico, que está esperando y se le va a bajar.
  • Mmm, la tiene grande. ¿No te gustaría chupar un poco su glande?
  • Será toda tuya esta noche. ¡Aprovecha, tonta!

Todas dicen groserías a cual más toscas. Siento que me arde la cara y creo que estoy colorada como un tomate. No puedo creer que estas tontas hayan contratado en serio a un “boy” para venir a mi casa y hacernos un show.

  • ¡Qué vergüenza, pobre chico! Con estas locas aquí.
  • Tu toca, que nosotras pagamos. Me respondieron.

No sé cómo ocurrió y al final acabe dejándome llevar. Alargue el brazo y toqué. Así fue cuando descubrí que la posición del pene era la adecuada, pero allí no había chico alguno. Era un vibrador. Pero, ¿quién lo sujetaba?

De repente, me echaron un líquido aceitoso en la mano y volvieron a acercarme al pene volador. Recorrer los pliegues y las venas de aquel vibrador, me calentó tanto que mi entrepierna ya se humedecía.

Mis amigas reían sin saber que yo ya me había dado cuenta de que estábamos en mi casa y querían jugar con un pene de goma y alcohol. Cuando yo lo que necesitaba eran los brazos de un hombre. Los juguetes están muy bien, pero en este momento necesito calor humano. En la habitación había un aroma que no podía identificar. No era un perfume de ninguna de ellas. Era algo dulce que entraba directo al paladar, casi se podía saborear. Unas manos se acercaron a mi pelo y me retiraron el antifaz.

Se presentó como Yolanda. Era una asesora de “La Maleta Roja” Mi visión no se había recuperado al cambio, pero podía verla a ella, a mis amigas riendo, todas sentadas alrededor de mi salón, y la mesa del comedor repleta de botes, plumas y penes. Entre todos aquellos juguetes descubrí algo que estaba encendido. De allí procedía aquel olor, era una vela.

Nos sentamos alrededor de Yolanda y ella comenzó a enseñarnos polvos comestibles, pinturas de chocolate, lubricantes de sabores. Pasamos después a probar estimulantes, tanto masculinos, como femeninos. De una en una fuimos al baño a ponernos en el clítoris todos aquellos productos. Y yo, que ya estaba suficientemente excitada, me puse como una moto.

Para cuando todo aquello hizo efecto, Yolanda nos pasó unos vibradores minis para ponernos directamente en el clítoris.

  • ¡Funciona! Dijo Ana.
  • Es genial. Voy a coger a mi marido y lo voy a hacer un hombre. Dijo Sofía
  • ¡Madre mía, qué no se me ponga ningún hombre por delante esta noche! Dijo Leticia.

Entre frases como estas, producidas por el alcohol y aquellos cosméticos, pasamos una noche genial y llena de risas y experiencias nuevas. Yolanda estuvo muy cercana, tanto que algunas todavía mantenemos amistad con ella. Cuando acabo la reunión, mis amigas me regalaron una cesta con varios productos para tolerar mejor mis noches solitarias.

Ya tocadas por el alcohol, y queriendo probar si el perfume de feromonas funcionaba, salimos como lobas hambrientas a los pubs de Madrid. Yo, por supuesto, buscaba un macho para culminar la noche. Después de unas cuantas intentonas, hubo un chicho que cayó en mis redes a la puerta de un bar mientras fumaba un cigarro. Se llamaba Antonio y era de Valencia. Tenía la misma edad que yo y estaba dispuesto a pasar la noche conmigo. Sin pensarlo dos veces, le llevé a casa, entramos devorando nuestras bocas, nos desnudamos como lobos hambrientos el uno del otro, me subió la falda y me rompió las medias. Yo intentaba desabrochar su cinturón y el pantalón lo más rápido que podía, las ganas me podían y desistí al no poder ver lo que estaba haciendo. Introdujo un dedo de golpe en mi vagina ya húmeda y excitada. Gemí de placer y él se creció, introduciendo otro dedo más. Su palma de la mano frotaba mi clítoris con maestría y tuve el primer orgasmo en sus manos.

Después de saborear mis gemidos en su boca, me separé de la pared, le tomé de la mano y le di un tirón de pelo para conducirle hasta mi habitación. Él encantado me siguió. En la mesilla tenía la cesta de “La maleta roja”. Se sentó en la cama para ver lo que había dentro de la cesta, y mientras lo hacía, pude desabrochar su pantalón. Su pene estaba totalmente erecto, cogiéndolo con una mano, lo mire y me lo introduje en la boca, saboreando esas gotitas de lubricación natural.

  • ¡Joder! Gimió Antonio excitado.

Saqué despacio el glande de mi boca.

  • No pares, por favor. Mientras me acariciaba el pelo.

Continúe mi revancha hasta que vi que se iba a correr. En ese momento, para retardar el éxtasis, di un pequeño pellizquito en su frenillo, que le cogió de sorpresa y funcionó. Necesitaba sentirle dentro. Me subí encima de él e introduje su pene al completo. Ambos gemimos de placer. En estas alturas los dos deseábamos lo mismo. Cabalgué, cual experta jinetera buscando mi placer y el suyo, mientras me apretaba con una mano las nalgas y con otra un pecho. Su boca buscaba gemidos en mis pezones, en mi cuello y en mi boca. Como si de un tesoro se tratase, me quedé quieta unos instantes y él decidió tomar el control. Me sujetó fuertemente de las caderas y, desde su posición, comenzó a embestirme desde abajo. Retiré mi cabeza hacia atrás. Mis pechos botaban al compás de sus embestidas, llegando a un orgasmo como dos salvajes.

  • Oh, vaya. Has estado genial, Antonio.
  • Tú también, princesa.

Y allí acabo la noche, los dos tumbados semidesnudos en mi cama.

 

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