Obedece II

Al final, no la deje ver el vídeo.

  • Cuando lleguemos a casa ya lo verás.
  • Está bien, lo que tú mandes. Dijo entre risa, mucho morbo y ganas de seguir con el juego.

Nos fuimos a las calas, que suelen ser zonas nudistas. Por supuesto, ella bajaba totalmente desnuda y cargada con todos los enseres. Yo iba detrás observando su piel de melocotón cubierta por la transpiración y brillando bajo el sol. Andaba dificultosamente, impedida por las toallas, bolsas y sombrilla. Yo no podía quitar los ojos de su trasero, viendo cómo se bambolea al compás de sus pasos y recordando el pene del camarero de habitaciones, entre esas carnosa pero firmes e imponentes nalgas.

Sólo apartaba la mirada cuando, en un vaivén especialmente brusco, una de las tetas asomaba ligeramente por el costado del tórax. La gente, por supuesto, se quedaba mirándola. Una vez instalados, le recordaba la obligación de mantener las piernas separadas y, claro, yo elegía los emplazamientos que siempre coincidían con grupos de parejas o incluso  solo tíos, que sin cortarse un pelo se fijaban bien en ella y en su brillante sexo entre abierto. Me causó mucho morbo el ver como un niño, o no tan niño, de unos 17 años se masturbaba desde el agua con tan maravilloso paisaje. Algunas mujeres también la miraban. Algunas iban desnudas, pero claro, ninguna exponía su sexo como lo hacia ella y la verdad ninguna tenía el cuerpo que tiene ella.

Quería volver a probarla y en una de esas preciosas calas le ordené que bajara y se instalara sola.

Fue cuestión de minutos para que se le pegaran varios mirones. Eso sí, ella hacía ya afán de mucha experiencia y los calentaba de mala manera, agachándose mostrando bien su culo, untándose la crema bronceadora. Pero no paso de eso. Hasta que se le sentó al lado un pelirrojo con un miembro que asustaba y le pregunto que si necesitaba ayuda para aplicarse la crema, o eso intuí yo desde la distancia. Ella me miró y yo le hice un gesto frunciendo las cejas y asintiendo para que siguiera el juego. El pelirrojo llenó su mano de la crema y empezó por la espalda, el cuello y tocando lateralmente los pechos con sus pezones erectos. No se hablaban, ni se miraban. Ella sólo se dejaba tal y como la ordene que hiciera. No quedaba casi nadie en la playa y los que quedaban eran parejas y muy distanciados.

El nuevo acompañante recorrió con sus manos las piernas de Leticia, mientras la masajeaba. Desde las rodillas, pasando por el interior de los muslos, hasta rozarle o más bien tocarle los labios vaginales y separárselos. Mi chica, que no sabía cómo parar una cosa que ella misma había provocado, se quedaba inmóvil. Él tras tanta pasividad y con el pene descomunal totalmente erecto.

Le hizo un gesto para que ella se diera la vuelta y untarla por delante. Empezó por los pechos, bajo al vientre y, separándole algo más las piernas, se sitúo entre las mismas, comenzando a masajearle descaradamente su pubis rapado. Ella no hizo más que cerrar los ojos. Quizás esperando que esto ya acabara. Él se tumbó encima y, sin más tocamiento, buscó el orificio vaginal con su gigante glande y se la fue introduciendo despacito, empezando a moverse como un auténtico animal. Ella inició a moverse, siguiendo con los ojos cerrados y todo acabó con una corrida en sus tetas y cara.

Humillada, abrió los ojos y este intentó darle un beso pero Leticia directamente le rechazó con un empujón, marchándose al agua para lavarse. Él, sin más, se fue con su polla aun inflada.

Fui a por ella. Estaba aturdida sin entender lo que había ocurrido. Se quedó más sorprendida cuando la felicite diciendo que había hecho lo que esperaba de ella. Me abrazo y soltó unas lágrimas diciendo:

  • Te amo. Me están encantando estos días pero quiero que tú también disfrutes.
  • Yo disfruto así. Vete a por tus cosas. Nos vamos al hotel.

Así fueron pasando los días, hasta que empezamos una relación de pareja. Ella, como el primer día, me tenía loco. Así que, siguiendo con su papel de esclava y total sumisa y yo, pasándomelo en grande, haciendo que sucumbiera a todos mis caprichos sexuales. Pasaron los meses e hicimos más viajes como aquel. A la vuelta de nuestra última escapada yo di por concluido el juego y ella parecía que también. Llegó el primer fin de semana, que realmente es cuando más tiempo pasamos juntos y surgen las posibilidades de hacerle el amor.

El viernes por la noche cenando me propuso pasar un fin de semana especial. Le pregunte qué a que se refería y me confesó que ella había cumplido con creces su papel de esclava sumisa porque también le iba el juego y lo había estado viendo y disfrutando por Internet.

Le pregunté cuándo, ya que nunca la vi frente a nuestro ordenador. Me contestó que en la autoescuela. Es un negocio familiar que regenta junto a sus dos hermanas. Continuó diciendo que les había contado nuestras vacaciones a ellas. Inquieto, le pregunté cuál era su propuesta y me aclaró que esclavizar a Soraya e Inma. Debo de reconocer que me puse a cien y, sin pensarlo mucho, acepté. E imponiendo mis condiciones, empezamos a prepararlo todo.

Empezaríamos con Soraya, por algo era mi favorita. Tenía un morbo muy especial. Ella era muy mona de cara, con un cuerpo muy recogido, ya que es relativamente bajita, y siempre me había excitado el pensar echarla un polvo. Está casada pero los sábados su marido siempre juega al golf y, si ella está dispuesta, yo también lo estaba para pasarlo en grande.

Llegando las 10 de la mañana, sonó el timbre de la puerta…

 

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