Rizos de Carbón III

Dejé la bolsa del gym en la entrada de mi casa y, como de costumbre, caminé hacia el baño. Allí encendí las velas que tengo para momentos únicos de relax. Alguna tenían olor a vainilla con canela y otras a limón. La combinación de ambas fragancias me recordaba al sabor de la repostería que hace mi madre.

Mi chico me había regalado un “huevo Tenga” y unas bolas chinas por petición propia. Así que, sólo me faltaba poner música en mi altavoz bluetooth.  En youtube comenzó a sonar Omi y su canción de “Hula Hoop”. Un tema muy animado para desnudarse. Empecé unos pasos imitando a las bailarinas del videoclip y, a continuación, lancé las deportivas hacia un rincón. De un tirón me deshice de las mallas del gym. Mi cadera seguía el ritmo de la música y poco a poco me deshice del resto de la ropa, quedándome en ropa interior. Cantando y bailando casi estaba dentro de la bañera, así que, decidí apartar un poco mi tanga, echar un poco de lubricante en las bolas chinas e introducirlas para continuar con el baile.

Para cuando acabó la canción inicial ya estaba desnuda y posando mis pies en el fondo de la bañera. De repente el ritmo de la música se ralentizó. “Hypnotic” de Zella Day, otra de mis canciones favoritas. Con el olor a canela y los vapores del agua, bien caldeada, decidí primero lavar mi  pelo. Introduje la segunda parte de las bolas chinas y comencé a moverme de manera sexy debajo del chorro del agua. Las notaba suaves y duras dentro de mí. La primera casi rozaba mi punto de máximo placer. Continué moviéndome hasta que acabo de sonar la canción. Luego decidí que la espuma cubriera mi cuerpo caliente, sumergiéndome en la bañera. El agua caliente resbalaba por completo en mi piel. La espuma cubre casi toda la superficie menos mis pezones, erectos por el contraste de temperatura. Sentía como las bolas empezaban a hacer su cometido, pesando dentro de mi vagina, y mis músculos las succionaba hacia dentro como si de un pene se tratara.

Me relajé, dejando que mi cuerpo flotara sobre la bañera. Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás. Con un poco de gel  de baño en la palma de mi mano, comencé a lavar mis pies, subiendo hasta la rodilla. La imaginación me llevó hasta las manos de José Antonio. Resbalando junto a las mías por mis piernas,  por mis muslos y entrando en cada pliegue. Despacio, respirando el olor a canela y  siendo él dueño de mis fantasías, lavé mis pechos, mi cuello y cuando termine, decidí coger el “huevo Tenga” y poner un poco de lubricante dentro de él.

Mis manos volvieron a recorrer mi cuerpo, esta vez en sentido contrario. Primero la delicada superficie del huevo, hecha de silicona, resbaló por mi cuello hasta descubrir mis pechos, jugando un poco con él y mis pezones. A continuación, introduje el dedo derecho dentro del huevo, y como por dentro contiene protuberancias, fue como si me diesen pequeños mordisquitos, recordándome la boca de José Antonio.

La espuma había desaparecido casi por completo, la música seguía sonando. Ahora  se escuchaba “Cool for the summer” y el baño estaba impregnado totalmente por el aroma mezclado del gel y de las velas.

El camino del huevo siguió, parando un segundo en otra de mis zonas erógenas, mi ombligo y la línea alba. Recorrí con el otro extremo toda la zona haciendo que el contacto de la silicona mojada me erizara el bello, hasta llegar a mi pubis. Subí y bajé varias veces por la zona con el juguete, dándole la vuelta y dejando que las pequeñas lenguas, que tiene por dentro, quedaran hacia afuera. Introduje mis dedos por el otro extremo y comenzó el juego. Mis manos eran las de José Antonio y las lenguitas de este pequeño artefacto eran la de él. Me deje llevar, froté delicadamente la zona hasta que mi clítoris se erizó y me pellizque los pezones con la otra mano. Las bolas se movían dentro de mí, sintiendo un placer intenso. Cambié el ritmo, y en vez de seguir de arriba abajo, comencé a hacer círculos.

El orgasmo estaba cerca, así que, dejé desolados a mis pezones a la merced del agua y del vapor del baño. Acompañé al huevo en nuestro juego, tirando un poco del cordón de silicona. Las bolas bajaron hasta la apertura de mi vagina. Mis músculos automáticamente las absorbieron otra vez hasta el interior. Mi otra mano no dejaba de moverse circularmente y mis rizos ondeaban por el movimiento de mi mano entre el agua y mi pecho. Cerré los ojos y acabé por dejarme llevar. Mis piernas temblaban y mi cadera se movía al compás arriba y abajo. El “huevo Tenga” y mi mano no daban tregua a mi clítoris y, justo cuando estaba a punto de correrme, tiré de golpe el cordón de las bolas chinas, provocándome un orgasmo brutal con miles de contracciones vaginales.

Mi respiración todavía agitada recordaba mis manos que eran las suyas. Lamí las bolas chinas, que tenían mi dulce y salado sabor. Algo exquisito de lo que sólo José Antonio  y yo disfrutábamos.

 

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