Las delicias de Adriana

Adriana y yo, somos buenas amigas y siempre que, alguna de nosotras se compra ropa, jugamos e imitamos ser modelos por los pasillos de nuestras casas con las últimas prendas adquiridas. Aquella tarde íbamos, incluso, a hacernos fotos con una cámara de acción. Nos gustaba el postureo y sobre todo quedar bien en las fotos.

Así qué, llegué a su casa sobre las cinco. Ella salía de la ducha ya con el pelo arreglado y maquillada. Algo que yo no había hecho en esta ocasión por las prisas. Encima de su cama había varios paquetes de ropa. Por el tipo de bolsa pude deducir que eran de lencería fina, de encaje, como a nosotras nos gustaba.

  • Toma, para ti esta.
  • Vaya, me encanta el negro. Gracias, Adriana.
  • Si, te queda muy bien. Me dijo.
  • Gracias, aunque antes me gustaría darme un poco de color a la cara. Sonreí.
  • ¿Quieres que te ayude? Acabaremos antes.
  • Perfecto, manos a la obra.

Tomé asiento en el diván, después de haberme vestido con un corsé negro y unas medias de rejilla a juego. Era un conjunto espectacular. Abrimos el maletín de varios pisos con cientos de colores y de lápices. Adriana comenzó a espolvorear el maquillaje sobre mi cara. Que lo hiciese otra persona me estaba excitando. Ella era una rubia despampanante. Su olor de recién salida de la ducha estaba excitándome. Tomó una gran lupa con luz y la acercó un poco a mi cara. Sujetándola por la cintura, me puse a pensar lo suave que era ella y las curvas tan femeninas que la acompañaban. Alcé la mirada hacia su cara, viendo como sus dientes mordían los labios carnosos que los guardaban. Ella se dio cuenta y, sin pensárselo dos veces, se acercó despacio a los míos y con su lengua recorrió mi contorno. Mi piel reaccionó al instante y mi entrepierna también. Me cogió de la cara y me soltó una bofetada, sorprendiéndome muchísimo. De nuevo, volvió a besarme. Me beso en la zona donde había dado aquella sonora bofetada y esta vez su lengua empapo mi boca, recorriendo cada rincón. Lamió y chupó mis labios que, sorprendentemente, querían más.

Mis manos estaban todavía sujetas en su cintura. No podía moverlas desde la bofetada que tanto me había desconcertado y excitado. Las suyas recorrían con delicadeza mis hombros y la espalda, simulando el ritual de una diosa, a la que por unos instantes, le había entregado mi cuerpo.

Destellos de luz ondeaban en su pelo reflejados por la tenue luz que tenía en la habitación.  Me apartó la melena hacia un lado de mi cuello, recorriendo lentamente con sus labios todo mi cuerpo. Sus manos tocaban mis senos desde fuera. La yema de su dedo índice acariciaba la parte superior de mis pechos invitando a mis pezones a cambiar de forma.  Desde mi asiento, podía disfrutar de la tórrida escena que estábamos haciendo, todo ello, reflejado en el espejo de su tocador. Veía como su sensual cuerpo deseaba el contacto con el mío. Su boca recorría mi cuello y espalda con delicados mordisquitos y húmedos besos. La mano de Adriana acariciaba todo mi cuerpo a su antojo. Sus dedos desabrochaban cada corchete de mi corsé. Las manos de Adriana eran calientes al contacto y su boca húmeda, dulce y caliente, sabía muy bien por donde actuar. Y lo hacía.

Poco después, nos recostamos en la cama con menos ropa, besándonos y acariciándonos. Mi entrepierna ya buscaba otra clase de contacto. Quería más.

Adriana besaba la parte interior de mis muslos y por donde no pasaba su boca, pasaban sus manos, incluso delicadamente con las uñas.

Sus manos se atrevieron a deslizarse por debajo de las braguitas de encaje. No las retiró desde la costura, fue avanzando hasta el interior. Allí encontró mis labios chorreantes esperando y ansiando un contacto directo. Desde mi postura todavía podía observar, aunque poco, la escena que estábamos haciendo en la cama. Excitadísima continué el juego, dejándome hacer y llevar.

Un dedo atravesó las barreras de mi interior. Después de ese primero, llegó un segundo que me penetro con facilidad. Desde la otra parte de mi ropa interior, Adriana me olfateaba y me rozaba con sus besos a la vez.

Estábamos sumergidas en una ola de placer y desenfreno. Mis respiraciones fuertes pasaron a ser tenues gemidos. Cuando ella fue capaz a distinguirlo, atacó mi entrepierna con su húmeda lengua, recorriendo mi sexo como si lo conociese. Sus dedos no daban tregua a mi vagina y profundizaban dentro de mi interior con su lengua, cada vez más rápida, hasta que fuimos capaces de que mi cuerpo ardiese en placer. Mis manos abiertas sobre la cama, entraron en tensión, agarrándome a las sábanas como si quisiesen arrancarme de aquel lugar al llegar al esperado orgasmo. Mientras yo misma me pellizcaba los pezones con una de mis manos. Ya estaba cerca, sólo lo entregada al momento. Aquel instante íntimo con mi mejor amiga hasta llegar al preciado orgasmo. Varias sacudidas removieron mi cuerpo. Contracciones vaginales fueron las que anunciaron la llegada del mismo orgasmo. Llegué, gemí, grité y caí rendida en la cama de Adriana.

Todo acabó con unos de los mejores orgasmos de mi vida. Era la segunda vez que estaba con una mujer y fue realmente especial que fuese mi mejor amiga. Adriana había conseguido de mi lo que había querido y yo, había disfrutado. Nos besamos, quedándonos abrazadas durante un rato en la cama.

 

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